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sábado, 14 de noviembre de 2009

Niki Lauda: "Vivir para contar" (Parte 3)

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Sobreviviente del Infierno verde.


Cuando Marlene Lauda llegó al aeropuerto de Colonia la noche del primero de Agosto de 1976, esperaba encontrarse con su esposo, Niki Lauda. Competía en el Grand Prix de Alemania, que se realizaba en la pista de Nürburgring. Marlene no solía asistir a las competencias, pues se angustiaba con sólo ver por televisión la trasmisión diferida...

Su marido no estaba en la antesala, unos desconocidos la recibieron y le dieron la mala noticia. Niki había sufrido un accidente y se encontraba en un hospital de Mannheim, a 250 kilómetros de Colonia. Marlene perdió la noción del tiempo. Cuando reaccionó se encontraba en un pabellón de terapia intensiva, ante una máscara mostruosa que en nada se asemejaba a la cara de Niki. Tenía horribles quemaduras y estaba inflamada hasta tres veces su tamaño normal; los ojos y la nariz habían desaparecido en una masa de carne chamuscada.

Un médico la llevó aparte. "¿Vivirá?", preguntó ella. El facultativo meneó la cabeza. Las quemaduras talvez tuvieran remedio, pero había absorvido flamas y gases tóxicos por los conductos bronquiales, los pulmones ya no respondían. Era cuestión de horas.

Marlene pasó la noche en vela, llorando. Detrás de la puerta, Niki se negaba a morir...

El viejo y extenso Nürburgring era el habitual escenario del GP. de Alemania. Comenzaba a ser más temido que admirado por los pilotos, por ese centenar de víctimas fatales que tenía en su haber en distintas categorías. "El que dice que le gusta correr en Nürburgring miente o está loco", sentenció Lauda en los días previos. Ya en el circuito, el viernes vivió una extraña situación cuando un fanático le acercó una foto con la tumba de Jochen Rindt, el compatriota muerto en Monza en 1970 antes de consagrarse campeón postmortem. El sábado Niki durmió tranquilo en Nürburgring, pero su esposa Marlene tuvo una pesadilla en su casa de Salzburgo. Soñó con una Ferrari envuelta en llamas...

El día había empezado lluvioso, lo que aumentaba un poco el riesgo de la pista, para muchos la más peligrosa del calendario. Lauda había propuesto, sin éxito, que la carrera se efectuara en otro lugar, pues decía que conducir allí un Fórmula Uno de 12 cilindros y 500 h.p. equivalía a aterrizar un reactor enorme en una pista de césped. En cada vuelta de 23 kilómetros era preciso salvar, a toda velocidad, 176 curvas e innumerables pendientes.

No obstante la lluvia, 300.000 espectadores llenaban las tribunas del Nürburgring cuando Lauda inició el ritual de los preparativos finales. Se taponeó los oídos con cera y algodón, se puso el suéter y la máscara antiflama, corrió la cremallera de su mono y se puso y ajustó el casco. Unos minutos antes de la salida cesó la lluvia y salió el sol. Sin embargo, Niki prefirió conservar los neumáticos para pista húmeda hasta que esta se secara.


Aunque en la clasificación había ganado un lugar de salida ventajoso, empezó mal la carrera. Después de la primera vuelta se hallaba en noveno lugar, así que entró en pits y cambió los neumáticos para poder correr a mayor velocidad. Se tardó 60 segundos. Salió dejando en el pavimento marcas de caucho quemado y fue pasando las distintas marchas.

Algo ocurrió a mitad de la segunda vuelta. Unos dicen que la Ferrari perdió una rueda, otros que atravesó un lugar mojado; Lauda no recuerda. Lo cierto es que al entrar en la curva izquierda ascendente de Bergwerk, a 225 K/h, su coche abandonó violentamente la pista y chocó contra el terraplén. Los tanques de gasolina se rompieron y, dando bandazos, el auto regresó a la pista donde se detuvo de costado. Lo esquivó el Tyrrell de Jody Scheckter que viró rápidamente hacia la izquierda, pero fue chocado por el Surtees de Brett Lunger. La Ferrari se convirtió en una bola de fuego con Lauda dentro y consciente. La pista quedó obstruida. Varios pilotos se detuvieron y corrieron hacia la Ferrari. Lauda, atrapado por el cinturón de seguridad, que se había atascado, no pudo accionar el extintor de incendios.



El impacto le arrancó el casco, y la máscara empezó a ennegrecerse a causa del fuego. Arturo Merzario, desafiando las llamas, se metió entre ellas, desabrochó el cinturón, luego tomó a su contrincante por las axilas y rescató a Lauda. Niki sacó fuerzas para incorporarse y alejarse de la hoguera. Se tocó la cara ensangrentada y llena de ampollas. ¿Cómo me veo? - preguntó. Bien - le mintieron. Y se desmayó.


Mientras la carrera era detenida y posteriormente relargada, Lauda fue derivado en helicóptero a la clínica de Manheim. Su estado era grave, no tanto por las quemaduras sino por la intoxicación pulmonar a causa de la inhalación de vapores tóxicos. Había permanecido en las ruinas del Ferrari unos 45 segundos, inhalando los gases.

En el hospital de Ludwigshafen, distante unos 45 kilómetros, donde lo llevarón, los médicos advirtieron que había sufrido quemaduras de segundo y tercer grado en la cara y las manos, así como el aplastamiento de un pómulo y la fractura de tres costillas. La amenaza inmediata, sin embargo, era el estado de sus pulmones. Esa misma tarde lo trasladaron a la Clínica de la Universidad de Mannheim, que disponía de equipos para casos pulmonares de urgencia.

Durante los tres día siguientes permaneció suspendido en un vacío gris, sin poder hablar ni ver, aunque consciente de la presencia de su esposa, del respirador de oxígeno y de los tubos que lo mantenían apenas con vida. Los médicos se maravillaban de su tenacidad, pero se estaba muriendo.

Hubo un momento en que sintió que su organismo empezaba a rendirse, con la esperanza de librarse del dolor. Su cerebro, en cambio, no flaqueaba. Lauda tenía el firme propósito de sobrevivir, y a fuerza de voluntad logró salir de las tinieblas. No obstante la visita del sacerdote que le dio la extremaunción, se concentró en las voces, en los sonidos, en cualquier sensación que le confirmara que aún estaba entre los vivos.

"Escucharlo me dio más ganas de vivir", recordaría Lauda tiempo después, cuando también reconoció que hizo esfuerzos para no dormirse porque "pensaba que no me iba a despertar más..."

El miércoles por la noche le quitaron el respirador y al día siguiente insistió en que lo sentaran, el viernes, recuperada la vista y la voz, se apoyó en el brazo de su esposa y dio algunos pasos por la habitación. Marlene lo fue volviendo a la vida, con amor y confianza absoluta en que sanaría. El mismo viernes lo quitaron de la lista de enfermos graves. Lauda siguió luchando por restablecerse. Soportó infuciones, inyecciones, dos transfuciones completas de sangre y una complicada operación de injertos de piel. Le rasparon del rostro el tejido quemado y se lo sustituyeron con piel de la parte superior del muslo. Entonces, a escasas dos semanas del accidente, le comunicó a Marlene que pensaba regresar a casa a prepararse para el Grand Prix de Italia.


"Sabía que la gente iba a decir que un hombre con una cara como la mía debía permanecer oculto. Pero no es esa mi manera de pensar. Tenía una habilidad, una profesión, y si no podía ya ejercerla bien, cuanto más pronto lo supiera mejor".

De regreso en Salzburgo se sometió a un riguroso régimen de acondicionamiento, corría una hora diaria, hacía innumerables ejercicios. Tres días antes del Grand Prix de Italia, Enzo Ferrari anunció que no se hacía responsable de la desición de Lauda por competir nuevamente. Niki no hizo caso. Durante las pruebas de clasificación, levantó sin querer el pie del acelerador al llegar a un tramo que debería haber tomado a fondo. Cuando volvió a ocurrir, dejó el volante y se puso a reflexionar. Si quería ser piloto. necesitaba arriesgarse sin restricciones.

Seis domingos después del choque de Nürburgring, condujo su auto en el circuito de Monza con la maestría de antes. Terminó en cuarto lugar, pero el publico le tributó una gran ovación.


Extractos Relatos de L.Elliot y Miguel Angel Sebastián
Fotos: Deporte Total y Ausringers


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